Supongamos que no nos echamos de menos; supongamos que yo no te
echo de menos y que tú a mí tampoco. Supongamos que seguiremos estando igual de
completos, supongamos que seguiremos riéndonos con las mismas tonterías que
otros nos podrán decir sin ser pronunciadas por nuestros labios,
supongamos que queramos oírlas dichas por otros, supongamos que no pensaremos
nunca más el uno en el otro de la forma en la que hasta ahora nos
pensamos.
Si suponemos todo eso, se supone que seremos felices, que ahora
debemos serlo y seguiremos siéndolo, pero, ¿y si...? ¿y si no fuera
suficiente suponerlo? ¿Y si no fuera suficiente pensar que tras este tiempo
pasado no queramos perdernos pero a la vez no vernos? ¿Y si vernos fuera
nuestra desdicha de querer y saber que no? ¿Y si el no querer fuera nuestro
querer de no deber ni poder?
Supongamos que al vernos no nos echaremos de menos en el
sentido que hasta ahora nos negamos a echarnos, y sí, supondré que no me echas
de menos a pesar de todo, al igual que tú supondrás que yo a ti tampoco
Supongamos que
suponemos bien.







